Domingo, Septiembre 05, 2010
   
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El último misterio de Charles Dickens

imagenCharles Dickens, el autor de inolvidables novelas como Grandes Esperanzas y Oliver Twist, murió en julio de 1870, a los 58 años de edad. En abril de ese mismo año, dio a conocer la primera entrega de El misterio de Edwin Drood, novela policial de la que alcanzaron a publicarse veintidós capítulos y que dejó sin terminar, originando uno de los misterios más comentados respecto a obras inconclusas.

Después de la muerte de Dickens hubo varios intentos de concluir la novela, de la que el autor no dejó más pista que lo publicado, algunas conversaciones con el dibujante que la ilustraba para su edición por capítulos y una conversación privada con la mismísima Reina Victoria en la que se supone pudo revelar el final del misterio a la soberana. Pero nada de eso arrojó luces sobre el desenlace de la historia y los autores que intentaron concluirla fracasaron, incluido uno que aseguraba haberse comunicado con Dickens a través de una médium.

El último intento correspondió al autor León Garfield, en una edición publicada por la editorial Edhasa, el año 1986.

Como en todas las novelas de Dickens, El misterio de Edwin Drood es rica en personajes muy peculiares y en las observaciones que el autor hace sobre las costumbres de la sociedad inglesa de la época. La trama se sitúa en Cloisterham, un pueblito próximo a Londres que no tiene más atractivos que una vieja catedral y su cementerio, en el que se asegura deambulan algunos fantasmas. Drood es un joven comprometido en matrimonio con Ros, una linda y algo ingenua muchacha que reside en una escuela para señoritas. El matrimonio ha sido acordado por los padres de los jóvenes, y cuando llega el momento de concretarlo, ellos deciden “oír a sus corazones” y dejan en nada el acuerdo. Ambos jóvenes tienen sus respectivos tutores. En el caso de la joven es un singular y simpático abogado, Grewgious; y en el de Drood, un profesor de música, John Jasper, un personaje algo siniestro, aficionado al opio y con un temperamento proclive a la violencia. Para enredar aún más el entuerto, entra en escena un par de hermanos, Helena y Ned, que se sienten atraídos por los futuros esposos, a tal punto que Ned entra en disputa con Edwin Drood, hecho que rápidamente pasa a ser del dominio de la gente del pueblo. Entonces sucede lo que nadie espera. Edwin y Ros rompen su compromiso, y el joven desaparece, sin dejar otro rastro que un reloj y un prendedor de corbata abandonado en el lecho del río que cruza el pueblo.

Todos dan por hecho que el joven ha sido asesinado y los dardos apuntan hacia Ned, un personaje de personalidad débil y enfermiza. Pero eso no es todo, y la novela queda inconclusa en el momento en que Jasper manifiesta su intención de vengarse de quien es considerado el asesino de su protegido, y al mismo tiempo, declara su amor por la prometida de éste.

¿Ned, Jasper o algún otro? El misterio acerca del posible asesino queda abierto, como también la posibilidad de que Drood simplemente haya desaparecido, impulsado por sus propios medios y por el hecho de sentirse culpable de no poder concretar el compromiso para el que supuestamente estaba preparado desde su infancia. El misterio de Edwin Drood es una novela sin final, lo que no atenta contra su atractivo, más bien al contrario, invita al lector a imaginar el desenlace que considere más plausible. En los últimos capítulos escritos por Dickens todo parece indicar que la culpa se orienta a Jasper, pero para un autor que gustaba de complicar sus tramas y solía sacar ases bajo la manga, éste sería un desenlace demasiado simple y anunciado.

Se ha dicho que pudo ser una de las mejores novelas de Dickens y lo que podemos leer de ella da pie para estar de acuerdo. Los personajes, las descripciones, el humor y la historia envolvente tienen el sello del mejor Dickens, aunque tal vez motivado por el carácter policial de la novela, todo aparece pintado con tonos oscuros e inquietantes. Es un texto de un autor que se sabe al final de su vida y tal vez por eso su prosa es más densa y su visión de las personas es menos optimista y alegre que en sus novelas anteriores. La novela tiene páginas notables, diálogos agudos y muchos de esos personajes a los que nos acostumbró Dickens en sus novelas y relatos anteriores. Personajes secundarios como el sepulturero y la institutriz son dignos de recuerdo. No por nada, un lector tan exigente como Borges, la publicó en su célebre colección El Séptimo Círculo, y otros autores como G.K. Chesterton y Arthur Conan Doyle ocuparon parte de su tiempo en reflexionar sobre el último misterio de Charles Dickens.