Tres nuevos ladrillos en la pared
La Trilogía Millennium (Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, La reina en el palacio de las corrientes de aire), del escritor sueco Stieg Larsson, arrasa con todo lo que encuentra a su paso y ha encontrado un público que no distingue y menos le importa si se trata de novelas policiales. Para explicar el fenómeno las teorías hacen nata, desde las sospechosas: la muerte prematura del autor, una campaña premeditada y muy estudiada de las editoriales, o algunas más puristas e inocentes: el boca a boca.
Una explicación, tal vez la más importante, está en las mismas novelas y parece más simple al momento de leerlas en relación al género: renovarse o morir. La literatura policial ha devenido en una variante netamente comercial, facilista, de escritura básica, complaciente pero orgullosamente masiva, frente a su variante más literaria e impoluta, que sigue anquilosada en sus propios lugares comunes del género, que antes eran sus fortalezas.
Larsson viene a entreverar ambos mundos, pero también a renovarlos con desparpajo. Mantiene inalterable la vértebra central de la literatura policial: relatar un proceso de búsqueda de verdad (que no siempre es la búsqueda del asesino). Hasta ahí nada nuevo. Desde la vertiente comercial su aporte es una escritura ágil, desprovista de accesorios, con todos los intríngulis y zigzagueos de una investigación acabada, con entradas falsas, pistas dispersas y, sobre todo, un aire actual y modernillo, incorporando nuevas plataformas (Internet, telefonía y todo gadget), pero no como una excepcionalidad, sino alevosamente cotidiano.
El aporte a la vertiente literaria policial más respetada y artística lo hace con un guiño crítico, por remolona a los cambios, por insistir en los lugares comunes que de tanto repetirse terminaron exasperando: protagonistas outsider, solitarios, olor a cigarrillos, saxofón, alcohol y rubias platinadas. Larsson tiene algo de eso, pero con protagonistas ambiciosos, egoístas, defensores de causas específicas y, por encima de todo, originales. Por supuesto, el aporte más sorprendente es Lisbeth Salander, uno de los personajes del género más inusuales y atractivos, de inteligencia especial, insociable, de emociones controladas, fría, impredecible y en el límite de la sicopatía violenta. La acompañan otros personajes que escapan de aquellos maniqueos y prototípicos de la novela policial y lo acercan –y aquí otro acierto- a individuos muy actuales, muy reconocibles en cualquier parte.
Pero donde Larsson aporta sugerente y aleccionadoramente es en el alcance de lectores. Su narración es desmañada, nada de prolija, francamente poco literaria, pero atrapa por su agilidad, sus tramas tienen un interés que no decae, así se resisten con plenitud, sin aburrir ni un momento, a pesar de los tres ladrillos de su trilogía, y eso por suerte y por fin, repito, por fin, es un mérito muy literario.
Por Sergio Gómez